Welcome to Jogja!!

Al fin llegué a Yogyakarta. El aeropuerto es super chiquito, y cuando salgo afuera parece clima de caribe. Hace mucho calor, por suerte me están esperando con una camioneta para ir al hotel. No es todo tan diferente como pensaba. Es diferente sí, pero me lo imaginaba de otra forma. Una de las primeras cosas que noté es la cantidad de motos que hay. La otra es que prácticamente no hay veredas, en algunos casos solo hay calles, y en otros porque las veredas están pobladas de negocios o motos. Por lo que se ve, es una ciudad de edificios bajos, con mucho tráfico y mucha suciedad. Aun así, me gusta.

Antes de pasar por el hotel vamos a un puesto que vende chips de celulares para que pueda tener un número indonesio (por un par de dólares), pero mi celular no está desbloqueado así que no lo puedo usar. Llegamos al hotel, un edificio alto que desentona completamente con las edificaciones del lugar. Se nota que es nuevo, y está muy limpio. Son las 8 de la mañana y hay que esperar hasta las 2 de la tarde para poder hacer el check-in. Por suerte aparecen unos chicos de Australia y Japón que habían llegado para el mismo programa que yo el día anterior y estaban por salir a dar una vuelta.

Hay mucha humedad en Yogyakarta y el calor se siente bastante, así que es casi obligatorio tener una botella de agua a mano si salís a la calle. A medida que se caminan las calles se pueden ver miles de negocios de comida, parece que solo vivieran para comer los indonesios, pero a la vez la mayoría son hiper flacos. Pasamos también negocios de telas y algunos locales de ropa. Como en Londres, acá también se maneja al revés, así que hay que tener cuidado y mirar dos veces cuando cruzas la calle. Además, hay muy pocos semáforos a lo largo de la ciudad por lo que cruzar la calle puede ser toda una aventura por la cantidad de motos que hay. Igualmente parecen todos muy hábiles y te pasan a centímetros pero no te hacen nada. Eso sí, bocinas todo el tiempo.

La gente generalmente no camina, sino que usa su moto para todo. Hay también colectivo aunque no se ve mucho. Otra cosa que se ve cuando caminas por la calle es una especie de triciclos con asientos para dos personas y uno más que maneja y que te lleva a donde le digas.

Llegamos a un shopping chiquito, con varias tiendas, entre ellas una librería donde me compré un diccionario indonesio-ingles y un librito de frases típicas en indonesio por un poco más de tres dólares. Otra cosa que me olvidé de mencionar, es que este país es realmente muy barato.

Luego del shopping buscamos algún lugar para comer algo. Ahora se empieza a sentir otra de las diferencias: la comida. Como dije antes, la ciudad esta poblada de puestitos de comida. Para las horas del almuerzo y cena, la ciudad se impregna de un olor bastante feo, que debe ser del pescado. Instantáneamente se me fueron las ganas de probar todas esas cosas que había visto en el camino. Además, como el agua de Indonesia no se puede tomar, es recomendable no comprar en estos puestitos.

Finalmente encontramos un restaurante bastante lindo y que estaba vacío, asi que aprovechamos para comer. El lugar era tipo tenedor libre y tenía las comidas típicas que come la gente en Yogyakarta: arroz (siempre), pollo, pescado, carne y salsas picantes. No comen postre acá, pero sí tenes frutas para servirte (generalmente sandía y ananá).

Luego de comer y hacer el check-in, me tiro un rato en la cama, pero no mucho porque acá se cena temprano, alrededor de las 6 de la tarde. Así que esa “noche” tuvimos la cena de bienvenida. Comienza el programa de dos semanas en Indonesia.

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